Huesa

Situada al oeste de la Sierra del Pozo, y en la inmediaciones del río Guadiana Menor, tiene una extensión de 141 kms2, y está a 654 ms. de altitud.

La villa de Huesa está situada al sureste de la provincia de Jaén y al suroeste del Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, en la margen derecha del Guadiana Menor y en la depresión más oriental de la Subbética. Se enmarcan en un abrupto relieve con profundos y encajados barrancos, cuya cota mínima esta situada a 420 m. sobre el nivel del mar (al norte del Valle del río Guadiana Menor), mientras que la máxima cota es el Caballo de Quesada, con sus 1.464 m., destacando otros importantes relieves como, Tabernillas, el Peñón de Padilla, Comibar y Gomel.

Paisaje

El paisaje de Huesa se caracteriza por formar parte de una de las zonas donde se está iniciando una fuerte desertización dentro de la provincia de Jaén, con escasos suelos fértiles y pocas precipitaciones, lo que contribuyen a la escasez de especies vegetales, aunque sí son muy abundantes los espartales (Stipa tenacísima), que retienen el suelo e impiden que se degrade aún más.
También abundan las alcaparras (Capparis spinosa), retamas (Retama sphaerocarpa), genistas (Genista cinerea), hinojos (Foeniculum vulgare), espliegos (Lavandula latifolia)...

En contraposición a este tipo de paisaje y vegetación, encontramos la ribera del río Guadiana Menor, que llena de vida las huertas y olivares que recorre a su paso. Frescos y profundos barrancos forman auténticos oasis en la antesala del desierto, en ellos se pueden observar grandes ejemplares de álamos blancos (Populus alba), tarais (Tamarix africana), adelfas (Nerium oleander), eucaliptos (Eucaliptus camaldulensis)...

El Guadiana Menor ha sido la columna vertebral de numerosas poblaciones que se originaron ya en la prehistoria por las zonas que este río baña. Así, en la edad del Bronce Final, en la ladera del Cerro Negro, se asentaron los primeros hombres, quedando aún restos de las construcciones realizadas en mampostería, que forman una superficie reticular.

Pero será en la época ibérica cuando las fértiles tierras bañadas por el Guadiana Menor se utilizarán abundantemente por nuevas poblaciones: en el límite entre los municipios de Hinojares y Huesa se levanta el importante oppidum de los Castellones de Ceal. La relevancia de este territorio durante las fases ibéricas, a partir del siglo IV a. de C. viene dada por tratarse, este valle del Guadiana Menor, de un paso natural que conecta con las altiplanicies granadinas a toda la zona del Alto Guadalquivir. De aquí su destacada relevancia comercial en el tránsito de mercancías, especialmente cerámicas griegas...

PATRIMONIO CULTURAL

De tiempos de los romanos se tiene constancia de la existencia de pequeñas poblaciones dispersas en forma de villas rústicas: una de ellas, se localiza en el extremo este de Huesa, en el paraje conocido como Olivar de Brazo Fuerte.
Se han encontrado numerosos fragmentos de cerámica, especialmente de terras sigillata y tégulas

En la Edad Media, Huesa parece ser que fue junto a Tíscar y Belerda, atacada y destruida a finales del siglo IX por las tropas del Emir “Abd Allah”. Fueron reconstruidas de nuevo e incluso siglos después constituyeron las últimas zonas de la sierra en manos musulmanas.
Cuando a partir del año 1231 el arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada conquista las Sierras de Cazorla y Quesada, estas tres poblaciones se mantuvieron independientes hasta principios del siglo XIV, bajo el mando de Mohammed Andon. Sin estar aún conquistadas dichas poblaciones, el rey Alfonso X en el año 1275 las concedió a la ciudad de Úbeda, lo mismo que ocurrió con Quesada, que fue donada al Concejo de Úbeda en 1331 por Alfonso XI.
Las tres poblaciones fueron posteriormente conquistadas para el Adelantamiento de Cazorla y la Mitra Toledana en 1319 por el Infante Don Pedro, tras un duro y largo sitio.

Dentro de los largos avatares de la conquista y las luchas fronterizas que llevaban a dominios alternantes de algunas plazas y enclaves estratégicos, en el año 1436, Huesa fue, de nuevo, conquistada a los musulmanes por don Iñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana. Con posterioridad la plaza fue nuevamente reconquistada por las huestes moras, siendo finalmente tomada en 1455, por don Francisco de la Cueva. Con este motivo el rey Enrique IV concede a Huesa el título de Condado. Finalizado el período de conquista en 1492, la historia de Huesa queda ligada al término jurisdiccional de Quesada, del cual se independizó ya bien entrado el siglo XIX, el año 1848.

Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Cabeza

Como monumento más destacado nos encontramos con IGLESIA PARROQUIAL DE NUESTRA SEÑORA DE LA CABEZA, bajo la advocación de la Virgen del mismo nombre.
Como en otros pueblos que durante la Edad Media fueron frontera de la guerra cristiano-musulmana debió tener una pequeña ermita de estilo gótico (Siglo XV), que no resistió el paso del tiempo, y que atendía las necesidades religiosas de los primeros habitantes de Huesa, un grupo reducido de familias dedicadas a la agricultura y la ganadería, muy ligados a la vecina Quesada.

Vieja Ermita

Fue en 1778, cuando el Cardenal Primado D. Francisco Antonio de Lorenzana promulgó un decreto que constituía en parroquia a la vieja ermita. La actual iglesia mantiene el perfil de la arquitectura religiosa del siglo XVIII, pero tan sólo conserva su elemento más característico: la torre de base cuadrada que culmina en un cuerpo de campanas diferenciado por una moldura, con cuatro huecos rectangulares que cubren arcos de medio punto, cubierto con tejas a cuatro aguas. En el interior del templo se veneran las imágenes de los patronos de esta villa serrana: Nuestra Señora de la Cabeza, de autor anónimo del siglo XVIII y San Silvestre, que fue Sumo Pontífice de la cristiandad en el siglo IV y que según cuenta la tradición bautizó al Emperador romano Constantino el Grande. Cuenta la parroquia, asimismo, con una venerada talla en madera de Nuestro Padre Jesús Nazareno, atribuida al imaginero Luis Gómez y datada del año 1773.

Festividad de San Silvestre

Conserva Huesa unas curiosas y peculiares fiestas en Honor de San Silvestre, su patrón. Dice el refranero popular “por San Silvestre, despídete de éste”, refiriéndose a que el día 31 de diciembre, festividad del Papa bajo cuyo pontificado cesaron las persecuciones a los cristianos en tiempos de Constantino, concluye el año.
Estas fiestas patronales comienzan la noche anterior con la quema en la plaza de la Iglesia de los llamados Castillos del Santo, ritual de fuego en torno al cual no habrán de faltar quienes canten y bailen, ni quien apueste por saltar las llamas y los rescoldos de las hogueras.
En su transcurso pervive la costumbre, desde tiempo inmemorial, de lo que se conoce como servir al santo, ya sea por cumplimiento de una promesa en señal de acción de gracias, o por un voto penitencial. Mediante sorteo se adjudican los denominados cargos de Capitán, Abanderado y Guinche, los cuales quedarán obligados a organizar una celebración festiva en sus respectivos domicilios, comenzando por el Capitán y concluyendo al tercer día por el Guinche.
Además de vestir los trajes que le son propios a cada cual, inspirados en los originarios uniformes de gala del ejercito del siglo XVIII, y que en la actualidad están formados por distintas vestimentas que trata de recordar a las primitivas prendas, habrán de acompañar, así ataviados, al santo en su procesión al son de un tambor, mientras que el abanderado, terminada la función religiosa, hará una muestra de habilidad en el manejo malabar de la bandera, donde, a invitación suya, suelen participar también con el mismo cometido algunos de los presentes al acto.
Era costumbre antigua que cada cargo fuera acompañado por una escuadra de trabuqueros que iban haciendo descargas de salvas durante toda la procesión, siendo el estallido de la pólvora motivo de exvoto a San Silvestre y muestra de aprecio y amistad hacia aquellos ante cuya puerta se hacían sonar los disparos.

En la actualidad esta costumbre de las salvas se ha suspendido ante los riesgos físicos que corrían, tanto los trabuqueros, como los vecinos. Pero menos peligrosa y mucho más apetitosa es la tradición de ofrecer a San Silvestre unos monumentales “roscos de baño blanco”, dulce de reminiscencias e influencia morisca, que son obsequiados por los cargos y por cuantos vecinos tienen promesa de hacerlo, y que serán subastados al día siguiente, uno de enero, dedicándose lo recaudado a las necesidades parroquiales.

Hogueras de San Antón

Otras fiestas muy arraigadas en Huesa son las hogueras de San Antón (17 de enero), fecha en que se bendice a los animales de compañía.

El 25 de abril se hacen las Tortas del Santo en honor a San Marcos y las Fiestas Mayores de Nuestra Señora de la Cabeza, que comparte la devoción mariana de los hijos de Huesa con la Virgen de Tíscar, a quien dedican una romería en el mes de junio que tiene lugar en la cercana aldea de Caniles.

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